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“¿Qué opina de los fake news?” –pregunta el entrevistador–. Jack Burkman, político republicano, responde «yo usaría las fake news como un arma (….)»
Ricardo A. Chacón
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After Truth: Disinformation and the Cost of Fake News (2020) es un documental del cineasta norteamericano Andrew Rossi producido para HBO.

“¿Qué opina de los fake news?” –pregunta el entrevistador–. A lo que Jack Burkman, operador político republicano, responde «yo usaría las fake news como un arma; porque existen… Los alemanes usaron armas químicas, los británicos usaron armas químicas” así que “¿qué más puedes hacer?”.

Posteriormente, sobre la posverdad en el presente responde «la realidad no existe, solo existe la percepción» –vale subrayar el tono de ‘sapiencia’ sobre la realpolitik de la que, una pena, los idealistas nunca tendremos la capacidad natural de entender–. No obstante, evidentemente el núcleo del problema es más complejo que esto.

El documental levanta dos argumentos singulares. Si bien se enfoca específicamente en los sucesos post-Pizzagate de la política norteamericana (2015), lo cierto es que el acecho de la manipulación comunicativa y sus fenómenos cardinales (fake news y dog-whistle politics) no son nada nuevo en los asuntos de la polis.

after truth pizza
James Alefantis, propietario de Comet Ping Pong. After Truth (2020)

Durante su campaña de 1976, Ronald Reagan popularizó el término welfare queens (o “reinas del bienestar”) para referirse a las madres afroamericanas solteras de las que se consideraba que incurrían en ‘prácticas de fraude, desprotección infantil y manipulación’ para vivir a costa del Estado, a base de pensiones. El término, que ya hoy en día pasó a ser considerado peyorativo en el repertorio retórico de la historia política, sirvió, sin embargo, en aquel entonces, para encubrir en un razonamiento socio-económico la estigmatización de un individuo-tipo de la sociedad americana post-Luther King; esto, no obstante, como maquillaje de un racismo más complejo y sofisticado incrustado debajo de la careta de aquel lenguaje. (Algo más o menos como el «when Mexico sends its people, they’re not sending their best» del presidente Donald Trump). Estos escaparates de lo que los psicólogos sociales han llamado «resentimiento racial» (Mendelberg, 2002, p. 117); entiéndase como la fiebre de un sentimiento supremacista implícito; son fibras de la misma cuerda que ha institucionalizado los prejuicios que hoy, como un cáncer, gobiernan la relación contra la Otredad y dificultan nuestro tiempo.

El Brexit, el independentismo catalán, el auge de regímenes ultraconservadores, las elecciones de E.E.U.U. de 2016, el supremacismo blanco y los chalecos amarillos en Francia; son casos tipo en los que los dog-whistle polítics y la comunicación codificada han cumplido su objetivo de seducir a un extendida masa de electores (desde los más radicales hasta los moderados) a través de un mensaje aparentemente único.

Estas tácticas, guardan además la peculiaridad de que su retórica reincide en la invocación de creencias subconscientes en la mentes de la población; y a este propósito tiñen su mensaje de odas emotivas, sensibilidades, rencores; entretenimiento, superchería y patriotismo. El proceso se consuma completamente cuando estos elementos logran tatuarse en la psique de los ciudadanos, y estos se convierten, además, en repetidores y esparcidores del mensaje código (“gente de toda la vida”, “apátridas”, “ilegales”, “no de los nuestros”; por decir algunos) que normalmente arropa prejuicios racistas, clasistas, sexistas o xenófobos.

donald trump after truth
Donald J. Trump (2019)

El ciclo de los Fake News

El otro argumento, es el del bucle de la paranoia colectiva que las nuevas tecnologías, desde sus plazas públicas (como Twitter, Facebook e Instagram) y sus tugurios más rancios (como 4chan, Reddit y name-yours campo de esparcimiento incel), convierten en teorías conspirativas y finalmente en fake news. En términos más simples, los fake news empiezan siendo no otra cosa que lo que refiere su nombre «noticias que son falsas»; reportajes que no cumplen con unos filtros de credibilidad o premisas de verdad suficientes para ser considerados hechos (ejemplo perfecto, el Pizzagate). Por ello, no deberían se consideros noticias en primer lugar –esto es evidente. Sin embargo, en la praxis, el asunto se hace mucho más complejo que esto.

Varios de los sucesos que han contribuido a dar paso la sociedad globalizada e internacionalista en la que vivimos hoy en día (como la victoria del capitalismo sobre el comunismo, el desarrollo tecnológico y el ahondamiento de la neurociencia, etc.), son los acontecimientos y elementos que, han desencadenado el derrumbamiento de la autoridad de las instituciones sociales tradicionales (como el del cuarto poder: la prensa) y ulteriormente instaurado la creciente tecnocracia económica-tecnológica-militar que domina el mundo… Está dirección de la institucionalidad –y por ende, de la realidad y el lenguaje– fuera de la formalidad; ha causado entre otras cosas la fragmentación narrativa que alimenta la ‘tiranía del click’ e incrementa las polarizaciones en el plano político… La magnificación del alcance que pueden tener estas narrativas (debido a la hiper-conexión) y su subsecuente carácter de autoridad –tal como sucede con el auge en la clasificación de nuevos hate symbols– deriva en dos consecuencias igual de nocivas: 1. La creencia real de la población en estas teorías, convertidas en noticias; y 2. El ahogamiento de la credibilidad de las noticias verdaderas; puestas a la misma altura que las falsas.

Alex Jones after truth
Alex Jones de Info Wars. After Truth (2020)

Eufemismo político y meta-lenguaje en Democracia

Por último, no siendo esto suficiente –y aquí entra de nuevo el documental–; también ahora la noción del términofake news’ ha comenzado a desvirtuarse. Esto como consecuencia de una conversión intencional producida por las estrategias políticas contemporáneas (específicamente de Trump) para vaciar a la expresiónde su contenido original, y ulteriormente acuñarla como adjetivo. Hoy en día, la palabra es utilizada como una brazo por políticos populistas para desacreditar los reportajes de la prensa disidente, la oposición y los hechos noticiosos que entran en conflicto con las agendas políticas oficiales: Suficiente para ‘sobornar el aplauso de los crédulos’ y hervir las bajas pasiones.

Sin embargo, no todo es completamente gris; y a pesar de que como señala la doctora Jennifer Saul “We live in an uncertain time, and it is not yet clear where we are headed”; lo cierto es que tal vez las respuestas a esta problemática son más simples de lo que pensamos.

Ante estas amenazas, por lo menos podemos pensar que se reivindica el rol de los ciudadanos demócratas –y de sus valores más sagrados: la comunicación, la razón y la empatía– para acercar y hacer más audibles las voces similares y opuestas de sus conciudadanos alrededor del mundo. Siempre van a existir intenciones mezquinas y practicas deleznables en el quehacer de los políticos. Pero también es cierto que a medida que elevemos nuestro criterio y nos dediquemos en ser menos idiotas (en el sentido de la Grecia clásica) más difícil se les hará para manipular nuestras pasiones y dividirnos unos de otros. Como dice el doctor en filosofía, José R. Torices (Universidad de Navarra), refiriendo a Mendelberg “Lo esperanzador es que (…) hacer explícito el mensaje silbado y ponerlo sobre la mesa para su discusión puede reducir el impacto que el mensaje silbado tiene en la audiencia objeto, al menos en esa parte que es, sin saberlo, ultraconservadora”. De aquí nos podemos agarrar de un cabo.

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