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La del comediante fue una carrera de risas y desconciertos por igual, en medio de una pasión desmedida por entretener.
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La comedia es un arte. Aunque tal afirmación siga sujeta a debate desde hace muchísimo tiempo dentro del mundo de las artes escénicas. Hay quienes dicen, por ejemplo, que el Drama supera a la comedia ya que interpretar cualquier papel dramático requeriría de muchísimo más sacrificio. Sin embargo, nosotros pensamos que quién diga esto, es porque jamás ha estudiado la carrera de Andy Kaufman (1949–1984).

Quizás el exponente más raro de lo que conocemos como el performance del artista en escena, Kaufman nunca quiso ser llamado comediante. Él mismo se describía a sí mismo como «un hombre del baile y la canción», y muy bien merecidamente se ganó ese título al ser el primer invitado musical en toda la historia de un show tan longevo e importante para la industria del entretenimiento y la buena comedia como «Saturday Night Live» (aunque no canto ni una sola palabra). Resulta curioso recordarlo de esta manera, pues se pensaría en Kaufman como un artista más de la célebre multitud que tuvo la década de los 70. Sin embargo, la verdad no pudo estar más lejos de eso. Siendo el padre de una corriente revolucionaria conocida como «el anti-humor» y llegando a ser también uno de los hombres más odiados en los Estados Unidos, fue un hombre que luchó físicamente con mujeres en rings de lucha sólo para ser abucheado, y quién en televisión en vivo protagonizó una de las escenas históricamente más escandalosas durante un sketch que tuvo Fridays, otro popular show de variedades norteamericano. Kaufman jamás buscó hacer reír, pero sí que logró entretener, consiguiendo un éxito que trascendió su carácter como intérprete a un grado tal que ya la gente ni siquiera sabía cuándo estaba interpretando un personaje o cuándo realmente era Andy Kaufman. Se perdió en su acto, casi como una ilusión, haciendo bromas que incluso el público no entendia la mayoría de las veces. 

En 1979, se emitió al aire un especial de una hora para la televisión como parte de su contrato con la ABC, al ser la estrella de una exitosa sitcom del momento llamada Taxi. La broma estaba clara: colocar estática en la televisión durante las transmision; haciendo a la gente pensar que su televisor estaba dañado, se levantara, le diera unos golpes y cambiará de canal, algo claramente malo para los raitings, pero planificado a detalle por Andy. La estática sería parte del show, y no aceptaría un «no» como respuesta. Al preguntarle el por qué, él sólo diría «porque es hilaranate». Y esa era la clase de persona que era como artista. La que hacía los chistes más grandes y elaborados del mundo; pero sólo para él. Y cuya meta no era nunca la risa sino el desconcierto y el asombro.

Escribiendo estas lineas, está claro que queda mucha tela por cortar sobre Kaufman. Muchos escándalos como lo fue el de su «personaje» Tony Clifton, un grosero cantante de salon quién era el compañero de Andy en la televisión (interpretado por él y que también era él, aunque negara que fuesen la misma persona). Otro chiste sólo para él, que sólo el entendía y sólo él disfrutaba poner en escena. Una manifestación de cómo como interprete la mayoría del tiempo actuaba sólo para sí mismo y a quién le molestaba que la gente no lo entendiera. Razones hay, que hacen que no sea sorpresa que sobre éste singular personaje se haya hecho su propio biopic (y muy bueno además). «Man On The Moon«, de 1999, fue una de las obras maestras de Miloš Forman (Amadeus, 1984, One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), con un jovensísimo Jim Carrey quién recién entraba en la palestra de Hollywood por grandes blockbusters como «The Mask» y «Ace Ventura«.

Forman era un director sabio, y usó su sabiduría para saber que no había nadie mejor para el papel de Andy que Carrey, pidiéndole expresamente que hiciera una audición; el jóven actor canadiense aceptó y se llevó el papel por los cuernos. Eran seres parecidos, Kaufman y Carrey: histriónicos, dispuestos a dar el todo por el todo sólo por entretener, ambos habían empezado desde muy jóvenes, amaban las imitaciones, y tenían influencias similares; pero más importante, eran seres que nunca abandonaban el performance. Incluso hoy en día, las personas más cercanas a él dicen no saber cuándo Jim Carrey está actuando; y en la calle con extraños, nunca duda en darles lo que quieren, caracterizando a sus queridos personajes de tantas películas memorables. Son seres entregados a su arte, a entretener, y su sacrificio siempre se hace presente. Hay un documental de 2017 llamado «Jim & Andy» en Netflix,  dónde se puede ver más el paralelismo entre ambos artistas y además se ve el exquisito trabajo en la realización de la obra de Forman durante Man on The Moon, el film que nos habla de el gran punchline que nadie escucha en un chiste (con las actuaciones maravillosas de unos brillantísimos Paul Giamatti y Danny DeVito) y donde vemos la construcción y deconstrucción rocambolesca de un hombre que se sacrificó hasta el final por generar una reacción en las personas.

Acertadamente podemos asegurar que Andy Kaufman nunca dejo al público tibio y sin sentir nada, el hombre falleció y la gente llegó incluso a sugerir que sólo se trataba de otra de sus elaboradas bromas sin sentido. Se despidió de este mundo cuando los aplausos fueron altos, dejando a la gente esperando por más de él, y aunque nunca se considero un comediante, el favor que le hizo a la comedia y a los shows en vivo jamás será olvidado, y su sacrificio en las artes nunca podrá ser tomado en vano. Aquí lo despedimos con su cita más célebre, recordándoles que si quieren saber más sobre Kaufman, sólo deben mirar al ‘hombre sobre la luna’: «No soy un cómico, nunca he contado un chiste… La promesa del comediante es que saldrá y te hará reír con él… Mi única promesa es que intentaré entretenerte lo mejor que pueda».

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