Little Big Blog

Antología

Ricardo A. Chacón

Caracas es una paliza

Share on facebook
Share on twitter
Share on telegram
Share on whatsapp
"La normalidad es un privilegio? Inquiría otra pared. Pero ya desde hace rato no sabemos qué es la normalidad."

«Caracas es una paliza» es uno (1) de tres (3) relatos de la antología literaria «Memorias del Concreto Armado», la primera de una serie de recopilaciones de cuentos, ensayos, poemas y relatos relacionados a símbolos, vivencias e interacciones dentro del imaginario venezolano.

Ávila VII, de la serie “El Ávila es azul”, 1993 / Fotografía de Ricardo Jiménez ©ArchivoFotografíaUrbana

Caracas es una paliza

«¡Gringo respeta!» Nos espetó un mural. Pasábamos un laberinto de talleres de autos, fachadas mugrientas, y oficinas públicas roídas. «¿La normalidad es un privilegio?» Inquiría otra pared. Pero ya desde hace rato no sabemos qué es la normalidad. De las últimas impresiones que asimilé: el trote inquieto de un bombero sobreestimulado. En la bomba de gasolina, una mezcla de licor, gasolina, grasa y café hedía el aire, mientras corría la hora más ligera de la jornada –el sol se había puesto pero aún no caía la noche.

El auto de Jesús no encendió más. Tuvimos que pensar alternativas.
Para entonces, recuerdo, llegó la llamada a su teléfono que nos salvó de tener que pasar la noche en la calle. «Alguien que conozco». «Un amigo de mis papás». «Vive por donde está Televen: Calle Horizonte».

El apartamento era de un doctor de autos, localizado en los intestinos de la ciudad. Para ello, aprovecho señalar, lector, que a mí modo de entender el mundo, la calle Horizonte es una quimera. Una metáfora condensada de la más angustiante siniestralidad psicológica. Igualmente, a ella sólo pudimos entrar sí por obra de una inhibición emocional, de un letargo, en el que una brisa esquelética nos sedaba.

Sin título, Caracas, 1985 / Fotografía de Ramón Paolini

El edificio al que llegamos, cargado (sobrecargado) de maneras de existir, de lenguajes, había transmutado a símbolo: una pirámide cuyas fibras fluían de ciudadela, a urbanidad y luego de regreso a selva. Una selva de bloques de concreto. Edificios con barrotes afilados colapsando unos sobre otros en una vorágine angular. Poesía áspera, mandarinas ácidas y el craqueteo de los cartones cepillando las esquinas.

En ese momento, me fustigaron, como un misil, atropellando, todas las tribulaciones que me habían revoloteado durante la jornada. ¿Es que la Caracas real, profunda, sólo tiene edificios públicos? Tal vez las entrañas de una ciudad son siempre públicas… ¿Es que todas las esquinas son tajantes y tu semblante parco? ¿Tu arquitectura soberbia y condenada? Torres del Silencio, Teresa Carreño, Parque Central, Ciudad Universitaria, Helicoide, Fuerte Tiuna ¿Cuándo el ensueño se hizo brutal?… ¿Por qué La Carlota recorre toda la ciudad? Recuerdo que sus rejas eran filosas… «Hay una Caracas que ignoramos en El Hatillo», pensé. «No será esa la verdadera Caracas»…

La esquizofrenia brutalista era una realidad urbana.

En breves intervalos de lucidez: la ilusión de salvoconductos en el frondoso gris. Inquietos; cómo si de una hipermetropía universal se enjugaran los objetos; un araguaney corto y magro, apretado en tallo; un nubarrón rasgado con forma de cicatriz; una fracción de la falda del Ávila soplando una brisa gélida. Todos los objetos tropezaban en el mosaico sin responder a dimensiones físicas coherentes.

Subimos al 2do piso del edificio y entramos al apartamento. Corrí a la habitación que nos habían prestado a acostarme en el primer hueco que encontrara. Me dediqué a intentar despejar mi mente.

Pasaron las horas y tumbado en el piso de la habitación, viendo a través de la ventana, notaba un techo de latón con propaganda gubernamental, un lavado de concreto y acero, instrumentos plásticos desteñidos, en otrora tiempo rojos; sentía que se atropellaban punzantemente en mí pecho. De un momento a otro, sin resistencia, una fuerza me traslado al poema de Adalber. La acera del edificio era la callejuela de «sudor pálido» que subía en curvas y olía a muerto. Bajo rápidamente, cruzo la calle y cuando asomo a ver el cuerpo del motorizado desparramado, todos los asistentes del velorio espontáneo giran y me miran con una expresión terrible de cólera y odio. Siento un corrientazo en la espina dorsal, lanzo un grito seco al aire y colapso en el asfalto.

Despierto y Emilia está regresando del baño y se vuelve a acostar en el suelo a mi lado. En la duermevela, me acomodo rápidamente en su pecho y caigo dormido de nuevo.

No hay más héroes, de la serie “La Noche”, 1982 / Fotografía de Ricardo Jiménez ©ArchivoFotografíaUrbana

A la mañana siguiente nos marchamos discretamente del tugurio y de alguna manera logramos regresar a Valencia. Fue agotador, pero al final lo logramos. Había extrañado mi cama y exactamente a las 6 de la tarde del 17 de diciembre estaba cayendo de nuevo en ella, durmiéndome rápidamente.

Desperté en la madrugada, ebrio del sueño; el descanso tan largo me había dejado aturdido. Sin embargo, sentí la necesidad de escribir lo que había soñado. Alcancé la libreta en mi mesita de noche, tomé un lápiz y con torpeza tomé las siguientes notas:

Cerro. Un callejón en construcción. Las piernas rasgadas. Sangre con polvo. Un Samán. La grama picaba. El viento limpiaba…

No pude recordar más, seguía muy mareado. Cerré mi libreta y me volví a acostar, esta vez un poco más tranquilo.

Complementa este artículo leyendo Cerros de Cemento y Retratos de una ciudad en busca de su identidad, de la antología «Memorias del concreto armado».