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Literatura

El joven y la mar

Ricardo A. Chacón

El joven y la mar

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"Ellos eran eso: arena, sal, mar, laja y cobre. Todos los angelitos negros eran alma de la costa".

Me enfrente a la mar, y me sumergí en ella, que me arropó y lavó como una amante. El soleado Yermaín me regaló 2 sardinas y 2 picuas; una que se la pidió a otro pequeño. Luisfer, el niño tierno de dientes de piedrecitas me nombró y describió cada uno de sus pescados; estaba contento de tenerlos en su envase de pintura; y me dio en la mano un parguito. En el agua, recuerdo, esos niños nadaban como caellas haciéndose espuma y surcando sus rizos quemados entre las olas rompientes. Ellos eran eso: arena, sal, mar, laja y cobre. Todos los angelitos negros eran alma de la costa.

Halando con vigor de un mecate grueso desde la arena, 30 pescadores de piel de cuero; hombres de antebrazos y pantorrillas prensadas, arropados en prendas sucias y harapientas, eran custodiados en su faena por unas matronas grotescas de color carbón. Los niños eventualmente se sujetaban y dejaban llevar por la soga.

Entre la multitud una muchacha cobriza de cotoneo descarnado, tenía piernas tersas e impermeables, marinas como el fondo del océano; a penas reservando su figura debajo de una braga y cacheteros azul oscuro desteñidos; fatigada por el calor.

Traída la malla a la costa, todo eran empujones, alaridos, desenfreno y carcajadas. Todos los niños, pescadores y mujeres apresurándose y abalanzandoze sobre la piscina de flecos plata.

Recuerdo me ahogue mil veces en esa mar, mil veces en las fibras lampiñas de los morenos del pueblo, mil veces entre las redes de la malla de pesca, en los rayos segadores de la piscina de escamas platinadas, mil veces en las caderas de la muchacha tentadora.